sábado, 24 de marzo de 2012

HIJAS DEL RIGOR


Nadie cambia a nadie, salvo a uno mismo

 

“Si tiene solución, ¿por qué lloras? Si no tiene solución, ¿por qué lloras?”


No entiendo a las mujeres que quieren escapar del sufrimiento, desbandándose por un callejón sin salida, camino a lo que les hace daño.
Conozco infinidad de ejemplares femeninos que van directo a la boca del lobo para ser devoradas, pausadamente, en reiteradas ocasiones.
Luego fingen sufrir, le atribuyen su suerte al destino, a la mala onda, a la envidia, etc. Y nunca se hacen cargo de sus actos, de sus decisiones, de sus enfermizas determinaciones.
Creo que no hay una sola damisela en este universo, que no haya caído alguna vez en este tipo de agujero. Algunas aprenden al primer tropiezo, otras luego de varios coscorrones y un número cuantioso de ellas no quieren instruirse nunca, para lograr aprender a auto defenderse de las aflicciones. Son hijas del rigor, como vulgarmente las llamamos.
Ahí las vemos, a veces cabizbajas con la mirada perdida o con una ansiedad que las consume de a poco, las adelgaza algunas veces o las engorda en otras oportunidades.
Ahí las vemos, rezar, maldecir, difamar, auto insultarse o vilipendiarlos; pero siempre corriendo en la misma dirección: hacia ellos. Buscando cambiar, lo que no tiene cambio. Lo que es así de esencia. Buscando transformar lo salado en dulce, lo dulce en miel; a pesar de que siempre las oímos quejarse de que les repugna todo lo empalagoso.
Las ves ahí, esperando ese llamado que nunca llega, implorando una migaja de afecto que se obtiene tarde. Y así esperando terminan desesperando.
Son las que si van a una disco, miran lo inalcanzable. Suspiran ardientemente por el que más irradia peligro, con sus aires de indiferencia. Ese que de tanto mirarse en el espejo, ya se ha olvidado de cómo se puede mirar a una mujer más que a su propia imagen. Todas ellas creen que los van a poder cambiar con el correr de los meses. Pero ellos nunca se modifican. Es más terminan modificándonos a nosotras.
Escuché muchas veces decir: “Eso es porque nunca se enamoró”. “Pero creo que ahora lo estoy conquistando y va a cambiar por mí”.
No conocí, en esta vida al menos, uno que de verdad cambie, por un período largo de tiempo, por amor a otra persona. Los cambios se generan a partir de uno mismo, hacia uno mismo.
Tampoco me topé nunca con un infiel empedernido que deje de serlo. “El hombre pierde el pelo, pero no las mañas”. Con sólo mirar el historial de una persona, sabrás a qué atenerte en un futuro. “Y no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Por esa razón, es evidente la ingenuidad de las que se embaucan con tipos que dicen llevarse mal con su esposa y que están a punto de separarse. Y atribuyen el divorcio a una cuestión de tiempo. Es todo muy ambiguo. Evidentemente, la cosa está mal parida desde el comienzo de la relación misma. Si no lo ven es porque prefieren hacer la vista gorda. O porque sucumben ante los desafíos que las apasionan en un primer momento. Y ya enredadas en estas dantescas comedias o melodramas van pasando los años y la ruptura conyugal nunca llega. Excusas por aquí y por allá. Plantones, fiestas solitarias, vacaciones sin pareja, etc. Hasta que al fin, la vida pasa, el reloj cronológico suena y se hayan en el umbral de la vejez, sin hijos, sin vida propia, con el mismo amante de siempre, y él siempre con la misma mujer y los mismos hijos que engendró con otra. Obvio, hay excepciones.
"¿Para qué hacer cosas de las que luego tendrás que arrepentirte? No es necesario vivir con tantas lágrimas. Haz sólo lo que esté bien, aquello de lo que no tengas que arrepentirte, aquello cuyos dulces frutos recogerás con alegría." Dhammapada 5: 8-9

También encontramos damas que se enamoran de algún conocido y entretejen fábulas que creen que algún día van a poder cumplir. A veces de tanta fábula cuando la realidad aflora ni siquiera pueden abstraerse y prefieren dejar pasar al príncipe real, para poder seguir soñando con el imaginario. O reemplazarlo por otro amor platónico. Porque en los sueños todo se ve más emocionante. Y mientras tanto, se entretienen llorando porque no logran tenerlo. Y, luego, lloran cuando logran tenerlo porque no era lo que querían.
Lloran porque no reparan en ellas, y lloran cuando reparan en ellas.
Lloran porque es de otra, y lloran cuando consiguen que no haya más otra, porque era mejor verlo de vez en vez y no tener que lavar calzones, hacer comida, y aguantar los ronquidos que hacen temblar toda la casa. Y encima ahora es otra cualquiera la que se perfuma para gozar con él tan sólo un par de horas por semana.
Lloran porque no son correspondidas. Y lloran también cuando son correspondidas en demasía.
Lloran porque fueron abandonadas y lloran también cuando abandonan.
Lloran porque no son valoradas, admiradas. Lloran porque no gustan, lloran porque les gusta llorar. Sino, no se entiende tanta empecinación por algo que está putrefacto desde el comienzo.
Otras argumentan que no pueden escapar del amor, que ya están sumergidas, sin quererlo, en un romance espurio. Pero antes de caer en la tela araña, ¿Acaso no la vieron floreando en todo su esplendor? ¿No pensaron en las consecuencias? ¿Creyeron que todo es gratuito y fortuito en esta vida?
No, háganse cargo de su propio destino, no hay que echarle tanto la culpa al más allá, cuando somos las que tomamos nuestras propias decisiones.
A veces, las cosas pasan porque tienen que pasar, pero otras veces nuestra falta de confianza, nuestras necedades, nuestros caprichos, nos llevan a dar vueltas en un círculo vicioso.
Miremos hacia nuestro interior; allí está la respuesta. Si te gusta sufrir, hacete cargo; y sino cambiá. Todavía estás a tiempo de poder ser feliz.

“Es fácil ver las faltas de los demás, pero ¡qué difícil es ver las nuestras propias! Exhibimos las faltas de los demás como el viento esparce la paja, mientras ocultamos las nuestras como el jugador tramposo esconde sus dados”. Dhammapada 18:18

Por Andrea Sigal, © Enero de 2012

domingo, 18 de diciembre de 2011

NI UN PELO DE ZONZO



Todo cambia, los años tiñen los cabellos, los matizan y a veces sin un por qué aparente, los marchitan y los hacen caer antes de que la cronología así lo indique.
Y sí, los hombres padecen de ese problema, el cuál es estudiado por la ciencia; que busca, una y otra vez, dar con la cura en el menor plazo posible.
Mientras tanto, el que espera desespera. Y continúa al aguardo del milagro que nunca se digna en llegar. Por eso, en el ínterin, se aprovecha de buen gusto la moda de cabezas rapadas, para que todos puedan lucir su calva sin culpa.
La historia arranca en la década del 50, cuando un muchacho muy guapo y codiciado de Paternal, se fogueaba en los bailongos con su estupendo jopo petitero, al ritmo de Elvis Presley y de Los Plateros. Las jovencitas suspiraban al verlo arribar, con su saco con tajitos de costado y sus tres botones al frente; la camisa de cuello redondo para traba y las mangas para gemelos; el pantalón ajustado, marcando su espléndida figura, al ritmo del rock and roll; y los mocasines tradicionales, haciendo juego con todo el conjunto.
Oscar, vale aclararlo, no sólo era una cáscara hueca de contenido; sino que además de su bella sonrisa, y sus ojazos celestes como el cielo; también cuando abría la boca deslumbraba por su chispa y encanto.
Era un gran imitador, que a tono de burla y sarcasmo deliraba a los chicos del grupo y a las chicas también. Ellas se disputaban su amor. Pero él histeriqueaba con todas. Y picaba un poco allí, un poco allá; y finalmente, no le entregaba su corazón a ninguna. Porque su codicia era la conquista eterna. Y principalmente, su trofeo era agraciarse con su propia esencia.
El atractivo bailarín cursaba abogacía. Había terminado recientemente la escuela secundaria en el Colegio Nicolás Avellaneda. Todo un logro para aquel período. Logro que abandonó, luego, para dedicarse a la indumentaria textil.
Los años pasaron, el conquistador fue conquistado. Y la vida, poco a poco, le fue transformando su abultado jopo, en un cabello más tímido, que se iba entremezclando para, finalmente, disimularse los unos con los otros. Muchos ya nunca volverían. Y harían arduo el trabajo diario de ese hombre por intentar ocultar lo que estaba a la vista.
 Así fue como un día, en los años 70, en los que tomó la decisión que lo acompañaría por las siguientes dos décadas. Fue a Svenson Hair Center, la famosa casa que atendía a los famosos con el mismo inconveniente. Y apareció de pronto, con un hermoso entretejido realizado con sus propias mechas, tan natural que ni siquiera se le notaba. Y renovó su autoestima hasta el límite de su propio ego.
Pero los años, siguieron avanzando, los problemas económicos hicieron más esporádicas sus visitas a la paqueta y costosa peluquería. Y su postizo descolorido comenzó a envejecerse con el paso del tiempo. Y empezó a escuchar toda clase de impropendios por donde deambulaba.
Un día su hija le preguntó, por qué soportaba semejante humillación diaria. Y él que no tenía ni un pelo de zonzo, le respondió: “Hay que tener muchos huevos para ir con esto por la vida”.
Pero las anécdotas se volvieron diarias, y el ingenio de Oscar para defender lo indefendible se hizo crónico.
“Romay”, le gritó uno. “Soldán”, vociferó otro.
No obstante, algunos se zafaban de la broma y saltaban a la falta de respeto. Gritándole: “Sacate el gato de la cabeza”, a lo que él les contestaba: “Yo lo tengo arriba, vos lo tenés al lado (por la chica que acompañaba al que se quiso pasar de vivo)”.
Otras fueron aún más subidas de tono, un personaje de esos que nunca faltan, se pasó de la raya y lo gastó desmesuradamente. Oscar, sin pelos en la lengua, con la velocidad de la luz, fue aún más guarango y atrevido que su interlocutor. Y sin perder la calma, con una sonrisa hiriente y burlona le propinó: “Más respeto, más respeto, que esto (señalando su peluca); está hecho con los pendejos de la concha de tu madre”. Obviamente, el cazador cazado, se quedó mutis y siguió su camino absorto, ante semejante reacción. Creo que ese maleducado, antes de sobrar a un ser humano otra vez, lo va a pensar al menos dos veces.
Pasaron años, hasta que llegó el día tan esperado por toda su familia. Familia que sufría al verlo lidiar con tanta sorna ajena, miradas de burla, chanzas verbales directas e indirectas.
Y le dijeron al unísono: “¡Basta!”. “Hay que eliminar el problema de raíz, los prejuicios por el qué van a decir los demás carecen de importancia alguna, si igual se la van a pasar opinando sobre cómo tiene que vivir su prójimo”.
Oscar temía verse feo, estaba acostumbrado a seducir, pero lo que no se daba cuenta, que aún calvo era muy encantador. Y pensó, en un pretexto para enfrentar a sus conocidos, el día después. Planeó una supuesta apuesta futbolera; por la cuál ponía en juego su cabellera. Ese fue su leit motiv.
Ya su hija con la cortadora de pelo en la mano, lo dejó inmóvil en un rincón del ring, y le dio un nocaut al viejo peluquín lívido, antes de que su padre pudiera arrepentirse.
Así nació un nuevo hombre, nunca más sintió la burla en su rostro, aunque a modo de confesión siento que en el fondo de su corazón sigue extrañando, los tiempos en los que su peluca era el centro de todas las miradas de los transeúntes; y su verborragia era toda una atracción en el café dónde diariamente defendía su estirpe cueste lo cueste y caiga quien caiga.


Por Andrea Sigal © 17/12/2011

jueves, 1 de diciembre de 2011

EL VENADO


Si los muchachos supieran todos los preparativos, las emociones, los cosquilleos, las charlas precedentes; que sienten las chicas, en la previa, antes de ir de parranda. Si estarían al tanto, jamás osarían tener el tupé de mofarse de tan sólo una mujer nunca más. Al contrario, tendrían que rendirle pleitesía a cada femineidad que se pasea frente a sus estirpes, sean ellas agraciadas o no tanto.
Y así, de esa manera revolucionaria, un grupo de ninfas adolescentes se preparaba para ir a bailar. Unas eran más lindas que las otras, las otras tenían más lomo que las primeras y las que no poseían ni lo uno ni lo otro, al menos tenían cerebro.
Partieron esa noche, con las hormonas revueltas, en busca de algún romance fortuito o duradero, eso dependía muchas veces de la presa que se presentase.
Las más atractivas salieron a bailar con algún galancete de turno o simplemente solas al umbral de la pista. Pero, para Lodian nunca fue fácil recorrer las discotecas de moda, tenía complejo con sus kilos de más, era una linda piba; pero lo que más sobresalía  en ella era su extrema inteligencia, mezclada con una pizca de gracia, y un poco de mal genio, en algunas ocasiones.
El inconveniente fue que en un lugar de música fuerte y luz tenue, lo que menos importaba era la capacidad intelectual o lo macanudo que resultaba el desparpajo. A los jóvenes sólo les interesaba que portases un buen trasero y unas buenas lolas; y si carecías de neuronas mejor.
Así fue esa noche de sábado, Lodian al pasar por un grupete de chicos guapos re cool, sintió cómo se le reían en su propia cara, uno le dijo a tono de burla: - ¡Qué linda que sos! Ella a medida que caminaba hacia ningún lugar, se fue envalentonando mientras daba una vuelta alrededor de la pista. Y sola, muy sola; porque sus amigas danzaban con sus cuerpos al viento, sin darse cuenta de su amargura; ella, tan solo ella, pasó nuevamente, alrededor de la barra donde paraban esos pibes altaneros de nariz respingona, en todo sentido; se acercó al más lindo, y le preguntó:- Disculpame, ¿Puede ser que te conozca del Country Venado Tuerto? Él, orgulloso, por haber sido asociado con un lugar tan chic, le dijo:- Puede ser. Y ella retomó:- Sí sos vos, las chicas te decían Tarzán. El flaco infló su pecho como paloma y miró a sus amigotes más ancho que nunca. – Sí, le dijo él - Es muy probable que me conozcas. Ya olvidando por un rato, la robustez de la dama y tratando de sacarle la mayor información sobre su fama cautivante. En el preciso momento, en el que estaba volando hacia la cima del agrandamiento; en el instante en que su alma no podía más con tanto halago; y sus compañeros de ruta se morían por la envidia; Lodian retomó su cuestionario y le soltó su última inquisición: -¿Sabés por qué mis amigas te llamaban Tarzán, no? Él, otra vez ensanchando su pecho y levantando una ceja cómplice delante de todos, lanzó un sí por supuesto, y ella sin pudor de estar tan rodeada le escupió: - Claro, te llamaban así porque sos el rey de los monos. Todos los presentes soltaron una carcajada interminable, Tarzán, en un instante, pasó a ser la mona Chita. Y Lodian se fue ancha, pero no de cuerpo, de espíritu. Demostrándoles a todos que ir por la vida sólo exponiendo una cáscara hueca de contenido, acaba como terminó ese muchacho, estrellado en Venado Tuerto.

Por Andrea Sigal, © septiembre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

AMOR SIN BARRERAS


Estar solo o sola tiene sus beneficios, nadie se entromete en tus asuntos, ni te dice lo qué hacer y lo que no. Asimismo, no tenés que estar marcando boleta en algunos casos, o celar insensatamente en otros. Ni llevar cuernos ni hacerlos llevar.
En contraposición, también uno no tiene en quién refugiarse en los momentos de soledad ni recibir un millón de mimos acogedores.
Por esa razón, estar en pareja tiene sus pros y sus contras. A mí me pasaba que por períodos prolongados gozaba de mi soltería, pero siempre preguntándome cuándo llegaría mi príncipe azul. Lamentablemente, la mayoría de las veces los galanes que se presentaban afloraban de distintos tonos y matices; pero nunca traían consigo el zapatito perdido.
Luego de haber sufrido por amores que no fueron, y de haber celado más de lo imaginable al divino botón, llegó a mi vida un muchacho común, laburador, inteligente y bien vigoroso. No me volvió loca de remate, pero pensé que eso era fruto de la madurez.
Me venía bien una relación no pegajosa, porque estaba cursando una carrera terciaria y necesitaba tiempo para estudiar.
Nos veíamos los miércoles y los sábados. Hablábamos de vez en vez y de cuando en cuando.
Recuerdo que teníamos una charla amena; pero me fastidiaba un poco su tacañería a la hora de dejar propina en el bar. Una vez, fuimos por Libertador a un PubLa Aldea”, que estaba de onda en esa época. Nos sentamos a la luz de la luna, en unos jardines iluminados por velas tenues; todo muy romántico hasta que nos trajeron la carta. Entonces, vi que su rostro se enrojeció de la rabia, miraba las opciones disponibles, no con hambre devorador o sed intensa; sino con una furia contenida, al vislumbrar la zona en donde estaban los precios de los menúes de la casa. Sin dudarlo, lo indagué: - ¿Querés que nos vayamos a otro sitio? Y él me respondió: Si fuera por mí ya me hubiese ido, pero no quiero que te sientas mal vos. Obviamente, que le imploré que nos fuéramos en ese preciso momento, porque no quería que su alma se desintegre allí mismo. Y partimos hacia el Tigre, a un bello lugar más económico. No se lo dije nunca, pero me indignó tanto esa chapucería.
Y seguimos así un par de meses, no más. Mientras tanto yo me instruía, y me reunía con mis compañeros a preparar los exámenes. Me sentía muy liberada. No tenía celos de lo que hacía o dejaba de hacer él en mi ausencia. Y me creí superada. Menos hincha bolas.
Un día vino el replanteo, que pensé que nunca un hombre me haría. Me reprochó que esperaba otra cosa de mí, que se sentía solo cuando iba a entrenar o cuando hacía alguna demostración de sus artes marciales. Que los demás amigos estaban acompañados de sus novias y él siempre estaba solo. Le contesté orgullosamente, qué nunca me había pedido que lo acompañe, que si quería lo iba a hacer en adelante. Y añadió que, al margen, se notaba muy desposeído estando conmigo, que no percibía mucho interés de mi parte, y que me pedía un tiempo para que ambos reflexionáramos sobre nuestro proyecto de pareja. Le solté un inmediato sí por supuesto, no era cuestión de mostrarme muy interesada. Y eso lo puso de peor humor, me cuestionó que estaba a la vista que me importaba muy poco perderlo, ya que no demostré mucho sufrimiento por el lapso pedido. Y la verdad tenía razón. Ese fue nuestro último encuentro.
Unos cuántos meses más tarde, me volví a enamorar. Y me di cuenta que la mujer superada de aquellos días, era puro invento de mi loca imaginación. Faltaba apasionamiento verdadero en aquella relación que nunca fue. Volvieron los celos, las chiquilinadas, el estar navegando en el aire, el querer verlo en cada santiamén, el quedarme frente al teléfono esperando que suene. En conclusión: volverme loca de amor tan solo con su remembranza.
Porque los que aman o dicen amar sin barreras, al libre albedrío, son al menos sin dudarlo un tanto desamorados.

Por Andrea Sigal, © septiembre de 2011

domingo, 25 de septiembre de 2011

DE PATITO A CISNE


Y me la creí, sí tuve mi época de flaca creída. Algunos se habrán preguntado, de qué se la da esta mina. Pero tuve mi tiempo glorioso en que me llevaba todo por delante, hasta que me llevé por delante un umbral entero.
Y el episodio comienza cuando el patito feo se transforma en cisne. Al percatar que los chicos primero te miran, para luego desearte.
Recuerdo un día al salir de la escuela secundaria, en los comienzos de mi primer año, donde no sos ni chicha ni limonada, aún siendo más pato que cisne; unos muchachotes que se la daban de no se qué, repartían entradas gratis para el boliche Ateneo (era la disco grasa de los 80), pero obvio para una mujercita creciendo, cualquier entrada era un piropo, porque significaba una invitación. Pero al pasar por delante de ellos, con la cabeza cabizbaja, uno en tono burlón me dijo: -No dejes de venir. Y se rió de modo socarrón, conjuntamente, con sus otros amigotes. Me fui enfurecida y triste. Me habían quebrantado la autoestima en pleno desarrollo.
Un año más tarde, en plena conversión, volví a pasar frente a ellos y otra vez me acercaron el pase libre, pero esta vez con ojos devoradores; sin recordar, lógicamente, que esa joven atractiva, era a ciencia cierta, aquel abejorro con trenzas, que pasó frente a sus narices un tiempo atrás. Y con toda esa furia acumulada por meses, los miré fijamente y les contesté: - A ese boliche grasa ni loca voy. Y seguí mi camino orgullosa de misma, revoleando vengativamente el free pass por los aires.

Por Andrea Sigal, © septiembre de 2011

BANALIDADES


Aunque te quieras resbalar en lo que piensan los otros, es difícil escapar de la rutina observadora externa, ese ojo de lince que nos clavan en nuestro ser, para descalificarlo o criticarlo, sin conocerlo de veras.
Recuerdo cuando era adolescente y quería estrenar alguna pilcha diferente, cada vez que tenía un baile. La idea era cambiar en algo, combinar inconmensurablemente, verme de otra manera.
Pero siempre una voz interior, o más bien exterior, la de mi madre para ser más precisa, quería que no sea tan banal y superflua. Así que me taladraba que no tenía importancia repetir el atuendo; hasta que llegó esa noche en la que le hice caso. Le hice caso, porque unos pocos días atrás, había lucido una hermosa remerita blanca manga murciélago, con una inscripción I love, bordada en lentejuelas. Y quise reestrenarla en otro lugar, con otra gente. Feliz con el éxito, que había despertado en el sexo opuesto anteriormente, me volví a pasear oronda por la vida sacando pecho y levantando mi mentón al cielo. Hasta que se acercó un chico conocido y me dijo: - ¿Rusa vos nunca te cambiás la remera? Justo me tenía que encontrar con el único ser, que por haberme mirado tanto, también reconoció al trapo que llevaba puesto precedentemente. El resultado fue que, en un instante, recordé el avemaría completo; invocando en cada estrofa el nombre de mi vieja.

Por Andrea Sigal, © septiembre de 2011

jueves, 22 de septiembre de 2011

LAS MENTIRAS TIENEN PATAS CORTAS

"No enseñéis a los niños nada de lo que no estéis absolutamente seguros. Mejor que ignoren mil verdades y no que conozcan una sola mentira.", John Ruskin.
"La verdad puede ser dulce o amarga, pero no puede ser mala; la mentira puede ser dulce o amarga, pero no puede ser buena.", Constancio C. Vigil.
"El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera.”, Alexander Pope.
Un razonamiento lógico, recriminamos y nos recriminan las mentiras, pero somos parte de una gran fábula que inventamos muchas veces los adultos para no decir las cosas por su nombre. Y ahí quedó mi discurso al descubierto, cuando mi propio hijo de 8 años me miró con dolor a los ojos y me dijo sin pudor: “¿Cómo me pudiste mentir desde hace 7 años, si siempre me decís que odiás que te mientan?”.
Y, sinceramente, tiene razón.
Ahora voy a relatar, su desazón y mi vergüenza.
Como todos los días, empezamos a dialogar de las cosas cotidianas. Y vino la pregunta, que sabía que en cualquier momento llegaría, pero nunca me imaginé que me encontraría con semejante interpretación de mi confesión anunciada.
Mi hijo me cuenta; "¿Sabés mamá lo que me dijo una amiga? Que los Reyes en realidad no existen; que son los papás; pero yo no le creí, porque vos varias veces hablaste con ellos; y aparecían los regalos cuando todos estábamos durmiendo o cuando ni siquiera estábamos en casa". Lo miré y me dije en silencio: una cosa es ocultar información y otra engañarlo descaradamente en su propia cara. Seguidamente, le pregunté, de manera directa, si quería saber la realidad, y se la expresé “al pan, pan”. Lloró, se indignó y luego llegó el reproche, el enojo, y mucho después vino la resignación y el perdón.
Lo que más le molestó fue el engaño, el embuste de una mamá que le enseñó a ir siempre con la verdad a pesar de sus consecuencias poco amenas. Y tuve que explicarle lo que era una tradición, que no era fácil de cortar con un ritual que hacemos todos cuando somos padres. Que la idea es crearles una ilusión, etc, etc. Lo entendió no muy convencido.
Y empezó a continuación a hilar cabos.”Ah, entonces cuando hablabas con Los Reyes porque me portaba mal era mentira”. “Ahora entiendo por qué nunca me traía ese Wall E a control remoto que veía en Youtube”. Y agregó: “Lo que todavía no logro entender es cómo hacías para que aparezcan las cosas sin que me diera cuenta”. Y si nos ponemos a analizar a roso y velloso, qué triste es para un chico creer que es mejor o peor según los regalos que los Reyes Magos y Papá Noel eligen traerle en detrimento de los que les obsequian a los demás. O si el diente de uno tiene más o menos valor que el de los otros. Cuántas preguntas, para tan pobres respuestas.
Palabras van, palabras vienen, todo remediado, sin necesidad de ir a una psicóloga para que cure un trauma infantil. Pero, realmente, ¿Vale la pena mentirles a nuestros niños?
Y para broche de oro, me cuestionó casi inquisitoriamente: “¿Me imagino que ahora que sé la realidad Papá Noel y Los Reyes van a seguir viniendo para mí, no?”. Por supuesto, fue la contestación ante tan inquisitiva interrogación.
Y a modo de perdón parafraseo a William  Shakespeare : "Duda que sean fuego las estrellas, duda que el Sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo."

Por Andrea Sigal, © septiembre de 2011